SUPERVIVENCIA: POR QUE LA MENTE ENFERMA MÁS, QUE LA ADVERSIDAD
Hace dos años me mudé a la
capital —un lugar que, para ser sincera, no me gusta nada—Al llegar, me impactó
ver la cantidad de personas en situación de calle, indigentes y adictos. Sin
embargo, con los años que llevo en este camino de consciencia, he ido
comprendiendo que cada alma transita decisiones y aprendizajes que llamamos
karma. Obviamente no son decisiones conscientes, pero si ayuda bastante el no
sentirse valorados o merecientes de una vida digna, es la consecuencia de la
cultura y creencias socialmente impuestas. Y la poca educación energética.
Al principio me atormentaba
verlos, hasta que entendí por qué me afectaba tanto: porque en realidad
reflejaban partes de mí que yo escondía con vergüenza. De ellos he aprendido a
valorarme, a mirar de frente a esa parte de mí que también ha sido una "mendiga",
pero de amor y de compañía, o a revisar las decisiones que he tomado frente a
mi propia responsabilidad.
Cuando dejas de juzgar y miras a
estas personas a los ojos, o simplemente les envías luz, les estás diciendo en
silencio: "Te veo". Es mi forma de tenderles una mano
energética, enviando amor a sus almas para que recuerden que el karma también
se puede pagar a plazos, que la sanación es posible y que siempre se puede
elegir un camino más amigable.
Y precisamente observándolos,
nació en mí una reflexión. Me preguntaba ¿cómo es posible que personas
atrapadas en estas realidades tan extremas sostengan una biología de hierro y
sobrevivan años en la calle?, mientras que otros, teniéndolo "todo"
para estar sanos y ser felices, terminan consumidos por la enfermedad.
Todos lo hemos escuchado o dicho
alguna vez: "Mira a fulanito, que ni bebía, ni fumaba, hacía deporte,
comía sano... y de repente le dio un infarto o un cáncer. Y en cambio, aquel
que no se cuida, o esos delincuentes, ¡míralos ahí siguen!".
Como bien dice Emilio Duró con
ese humor tan suyo: hay gente que se pasa la vida cuidándose al milímetro y le
cae un rayo, mientras el del bar sigue ahí con noventa años.
Y es que la respuesta no está en
lo que comemos o en la comodidad del mundo material, sino en el terreno
invisible de la mente.
Nuestro cuerpo físico está
diseñado para la supervivencia pura, anclado a la fuerza ancestral de la
Tierra. Cuando la vida acorrala a alguien en lo más básico, su cerebro
primitivo toma el mando: no hay tiempo para preocuparse por el qué dirán, o por
sostener expectativas. En cambio, en la comodidad de nuestra rutina, la mente
consciente y las emociones no gestionadas se convierten en nuestro peor
enemigo. Rumiamos el pasado, nos angustiamos por el futuro, exigimos
perfeccionismo y vivimos bajo una presión interna invisible pero devastadora.
Ese estrés, generado por el miedo
y la resistencia del ego, oxida y destruye nuestra biología mucho más rápido
que las inclemencias del mundo exterior.
No enferma el cuerpo por vivir en
la materia; enferma por la resistencia interna a aceptar lo que es. Al final,
la vida nos demuestra que la salud no depende del control absoluto, sino de
soltar la lucha mental, desactivar la angustia y recordar que la biología
florece cuando simplemente la dejamos ser en el instante presente.
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