NO HAY PEOR ABANDONO, QUE EL PROPIO.

 

En estos días, leía un texto sobre el abandono de Lorena Pronsky, y la verdad, me hizo pensar en las tantas veces que me sentí abandonada, a veces recuerdo las escenas, y pienso, vale. Pero ahora, estoy recordando lo que sentí en cada momento. Y eso me lleva, a cuantas veces me he abandonado a mí misma, queriendo agradar a otros para compensar ese vació que parecía no llenarse nunca.

Y es que A veces, el vacío no lo crea la ausencia de otra persona, sino la distancia que tomamos de nosotros mismos. Nos da pánico que otros se vayan, pero nos cuesta ver que la primera que se ha ido de su lado... es una misma. "A todos nos abandonaron un día. Y no solo me refiero a un gran trauma. Es algo más simple. Recuerdo, una gran caída de un remo, tendría como 10 años, en ese momento creí no volvería a caminar, los peores 15 minutos de mi vida. Un día desperté en un hospital, y mis padres desaparecieron tras la cortina, dejándome allí sin explicación.  Mas grandecita, justo al empezar un proyecto y otros momentos de haber cumplido un sueño.

A veces pasa que te das la vuelta y no tienes a nadie que te dé esa palmada en la espalda, o quien te limpie las rodillas cuando te has pegado un tropezón. Todos conocemos esa soledad que se siente... cuando nos sentimos solos. Y ahí es donde aparece ese secreto tan triste: el parche para tapar el pozo.

Míralo bien: el que se fuma la angustia, el que corre como loco para que el viento le alivie el agujero en el pecho, o el que compra cosas que no necesita solo para sentirse vivo un instante. Tapas. Escondes. Lo tiras todo debajo de la alfombra y te pones un bozal para no escuchar a tu corazón. Pero recuerda esto: el dolor tapado no es dolor sanado. Las tiritas no curan, solo ocultan.

¿Por qué nos hacemos esto? Quizá porque nos enseñaron que estar sola es un fracaso. Muchas veces no sufrimos tanto por una separación, sino por el miedo a quedarnos solas. Nos cuesta soltar relaciones que ya no vibran con nosotros porque nos dijeron que todo debe ser "para siempre".

Y en esa huida, en ese miedo a la soledad, a veces usamos el sexo como una herramienta de manipulación o como una forma de ejercer poder, convirtiéndolo en un arma. Nos confundimos. Creemos que el dolor de un enamoramiento no correspondido es amor, pero suele ser el ego herido, el capricho de no obtener lo que queremos. Tratamos de convencer al otro para tener sexo, buscando marcar territorio, para sentir que "es nuestro", cuando el amor real no se conquista por insistencia: se ofrece y se recibe en libertad.

Hay una verdad distinta: muchas personas llegan a nuestra vida solo para enseñarnos algo, para ayudarnos a evolucionar. Y cuando esa etapa termina, no es un fracaso. Es un ciclo cumplido. Una separación desde el miedo solo trae reproches y culpas. Una separación sana, en cambio, nace de la honestidad: "Esto es lo que siento, esto es lo que quiero". Si ya no estamos en el mismo lugar, lo más sano es despedirse con respeto.

Date el permiso de vivir el duelo. No para atraparte en el pasado, sino para preguntarte: ¿Qué parte de mí necesita sanar? Ese tiempo es el que transforma una pérdida en crecimiento personal. Porque estar sola por un tiempo no significa perder; a veces, significa volver a encontrarte contigo misma.

No revolotees como una mosca en platos vacíos. Si ves que sola no puedes, pide lo que necesitas. Quizá sea hora de pedir ese abrazo, de llamar a alguien y decir: "Te necesito".

Para un poco. Mírate en el espejo de tu alma. Porque puedes sobrevivir a que alguien se vaya, pero no hay peor abandono que el que te haces a ti misma. Con eso no se juega. Prométete hoy, pase lo que pase, no soltarte nunca la mano.

Vemos a gente que se come la angustia fumándose un paquete de cigarrillos tras otro.

Personas que se comen las uñas junto con los nervios y una ansiedad que los paraliza.

Paquetes de galletas que van a parar a la boca sin ser conscientes de que lo que se intenta matar no es el hambre.

Chavales que se perforan la nariz y las venas con cualquier cosa que los traslade a otra realidad durante un par de horas.

Otros se ponen a jugar lo que no tienen.

Y yo me quedaré mirando una película, que me permite llorar disimuladamente mirando hacia fuera lo que no tengo ganas de mirar por dentro.

En mi caso, fumar para tapar la ansiedad, comerme las uñas junto con la rabia, comer impulsivamente, drogas para evadirme de la realidad. Adicciones de todos los estilos para llenar el vacío.

Rosanna Romero.

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