PALABRAS Y CONCEPTOS
Me alegra saber que mis reflexiones, con las que a veces dudo de si son una locura o si tienen algún sentido, encuentran un eco en alguien más, o que incluso grandes mentes han pensado igual antes que yo.
Investigando un poco, me topé con que el filósofo Friedrich Nietzsche ya criticaba duramente el lenguaje, afirmando que las palabras son solo etiquetas rígidas que congelan la realidad y limitan la verdadera esencia de las cosas. Por otro lado, Alan Watts hablaba de cómo la mente racional y el exceso de intelectualización nos hacen creer que estamos separados del mundo y de los demás, creando una falsa ilusión de aislamiento.
Saber que no estoy sola en esta "locura" me hace reafirmar lo que siempre he sentido:
Desde muy pequeña me gustó lo diferente. Sin tener mucho recorrido, nunca me llamó la atención vestir como el resto o comportarme bajo moldes preestablecidos. Siempre he ido un poco a contracorriente de todo: de la moda, de las costumbres y de las normas sociales.
La verdad es que nunca me acostumbré a los conceptos rígidos; siempre me llamaron más la atención los números. De hecho, en mi época de estudiante, para mí el lenguaje o la historia eran un auténtico horror; no me interesaba en lo absoluto aprenderlos porque me resultaban extremadamente aburridos. El diccionario ha crecido considerablemente de tamaño con los años, y a mí, prácticamente, me ha dado igual.
Supongo que esto también tiene que ver con ir a contracorriente. ¿Por qué insistimos en nombrar las cosas si al final terminamos encerrando algo mucho mayor en una simple palabra? Es la gran paradoja humana: aprendemos a comunicarnos con un vocabulario infinito y, aun así, no logramos entendernos. Al final, cada quien interpreta a su manera y la palabra pierde su fuerza en un mar de subjetividades. Como bien sugerían los sabios antiguos, a veces el ser humano, cuanto más intenta intelectualizar el mundo, más se desconecta de sí mismo y de su prójimo.
Es curioso, porque quienes me conocen me dicen que cuando llego, el entorno cambia, se armoniza, y terminan riendo porque mi risa es contagiosa. Nunca me había percatado de ese impacto. A veces me descubro esmerándome constantemente en tener un mejor vocabulario o en expresarme de forma más pulcra, y me detengo al darme cuenta de que me empiezo a parecer a la gente de la que suelo huir. ¡Ay, no! No quiero ser igual.
Al final, entiendo que mis palabras no importan tanto, nunca lo han hecho. Yo no vine a este plano a convencer a nadie, ni a dar lecciones de vida. Vine a resolver mis asuntos pendientes, a mejorar la nota y a despedirme a lo grande cuando sea el momento. Pero mientras tanto, obvio que pienso vivir esta experiencia al máximo. En esta vida toca contemplar el guion del resto como quien mira una película; sé que los que estén cerca se beneficiarán de mi energía, y los que no... ya veremos cómo continúa el proceso. Al fin y al cabo, yo tampoco pretendo saberlo todo.
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