EL PAQUETE EQUIVOCADO: DEL ESCENARIO AJENO A LA JUSTICIA PROPIA

 

Hace poco me di cuenta de algo que me dejó bastante descolocada. Me pasaba una cosa rarísima: era capaz de desear algo con una fuerza increíble —un coche específico, una casa con detalles muy concretos, una cantidad de dinero exacta— y, de repente, ¡pum!, aparecía. Pero no en mi puerta, sino en la del vecino. Era como si mis pensamientos se cumplieran, pero el destinatario fuera siempre otro. Yo pedía el deseo y el universo entregaba el paquete en el piso de al lado.

Al principio me frustraba, pero al final he acabado atando cabos. Este "error de logística" no es casualidad. Si veo lo que quiero en manos de otros y no en las mías, es porque me he convertido en un espectador de mi propia vida.

Recientemente me di cuenta de hasta qué punto ponemos nuestro valor y nuestra energía fuera. Ha sido observando ciertos pensamientos recurrentes sobre una herida que aún no termino de resignificar, buscando la manera de convivir con ella desde un lugar diferente: hablo del abandono, la no pertenencia y la persistente sensación de no ser suficiente para el resto, ni para mí misma.

Aquí es donde entra en juego el efecto espejo de una forma muy sutil, una costumbre que arrastro desde la infancia. De pequeña, me desbordaba la ilusión por bailar; fui de las mejores en gimnasia rítmica, pero por una razón u otra, lo dejé. Sin embargo, había algo que no podía parar de hacer: ver vídeos musicales. De niña imitaba las coreografías en casa o cantaba en mi habitación, siempre mirando a través de la pantalla. A lo largo de los años, seguí sentándome a ver esos vídeos; en mi imaginación me veía bailando ahí dentro, pero en la realidad física permanecía en la posición de observadora, admirando cómo el resto lo hacía. Y en el desconsuelo de no poder ejercerlo.

Así he vivido durante mucho tiempo: viendo cómo todos logran sus sueños mientras yo, bajo la excusa de no tener los medios requeridos, me mantuve detrás del telón, como observadora. El espejo exterior me mostraba el éxito y el brillo ajeno, cuando en realidad solo estaba proyectando mi propio deseo reprimido de ser vista y valorada. Me puse a pensar en lo que ocurre cuando no te quieres lo suficiente o no te crees merecedora de cosas bonitas: te conviertes en una mendiga de migajas. Cuando no te respetas, acabas justificando que te den lo mínimo; cuando no te quieres, permites que te levanten la voz; cuando no tienes dignidad, justificas un engaño; cuando no te amas, permites los golpes; cuando no respetas tu cuerpo, terminas por entregarlo a cualquiera.

Y aceptas que la abundancia que tú has invocado la reciba otro.

Es una forma de maltrato psicológico que me infrinjo yo sola. He estado idolatrando la suerte ajena mientras mi inseguridad me mantenía a dieta de lo que de verdad deseaba. He sido mi propia carcelera, mirando cómo otros disfrutaban de lo que yo quería, mientras yo me convencía de que mi sitio era esperar a que cayera algo al suelo. En esta ocasión, debo romper con la creencia y la costumbre de decir: "no me lo puedo permitir". El dinero ha sido históricamente un obstáculo en mi vida en lugar de un impulso, un derecho universal.  Toca salirme del patrón social que dicta que la abundancia solo se recibe a través del esfuerzo desmedido y el sacrificio laboral. Al mirar atrás, descubro tantos detalles donde logré cosas porque me las regalaron o a través de un intercambio de servicios; la vida me ha demostrado constantemente que el dinero no es la única vía, pero lo que más me faltó en su momento fue paciencia.

He vivido con un conflicto interno constante: una parte de mí quiere avanzar, pero la otra tiene un miedo atroz. Siento que la vida va más rápido que yo y estoy exhausta. Y la verdad, no me falta ambición; lo que tengo es agotamiento existencial. Durante toda mi vida he estado sosteniendo situaciones, personas y trabajos por pura obligación, hasta que decidí dejarlo todo atrás para empezar de cero.

Pero ahora que quiero construir mi nuevo hogar y mi nueva vida, me he quedado paralizada; pareciera que la vida me ha abandonado. Siento que nada llega, ni oportunidades, ni personas, porque en el fondo sentía que cualquier movimiento era una traición a lo poco que me queda: a mi hija, a mis gatos, a la escasa estabilidad que logré rescatar. Mi cuerpo entró en modo supervivencia. Y cuando solo intentas sobrevivir, la creatividad se apaga y la visión desaparece. Por eso no llegaba nada nuevo; mi sistema estaba diciendo: "No puedo sostener nada más". Tantas veces que he creído que la vida me odia, y en realidad es que yo cerré la puerta por pura saturación, para no romperme.

Cada poco tiempo, la vida me convence de que se puede manifestar de otro modo. Ahora, mi verdadero interés es abrirme a recibir, de cualquier manera, todo aquello que anhelo. Elijo enfocarme en lo que quiero, sin condicionarlo por lo que cuesta. He comprendido que el dinero no siempre es la respuesta si logro derribar los muros de la escasez y abrirme, por fin, a las infinitas posibilidades del universo.

Porque la clave está ahí: el hambre de justicia propia solo la puedo saciar yo. He entendido que no estoy "errando" por falta de capacidad de atraer cosas, porque atraer, las atraigo de sobra. El fallo estaba en el "para quién".

He decidido que ya está bien de ser la canalizadora de la suerte de los demás. Toca convencerse de que lo bueno no es algo que tengo que ver a través de la ventana del vecino, sino un lugar en el que tengo que entrar y cerrar la puerta detrás de mí.

Estoy despertando, lentamente, de una posición que ya era imposible de mantener. Si quiero el coche, el volante tiene que ser mío. Si quiero el dinero, la cuenta tiene que llevar mi nombre. Así de claro. Estoy recuperando mi movimiento interno, empezando por respirar un poco más libre y entendiendo que, para recibir lo nuevo, primero tengo que dejar de cargar con lo que ya no me pertenece.

Toca evolucionar, pero esta vez, el paquete lo recojo yo.

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