CUANDO EL PASADO SE CONVIERTE EN PELÍCULA

Hoy traigo una reflexión que puede sonar algo extraña —aunque, pensándolo bien, quizás no lo sea tanto—. Venía meditando sobre mi forma de ser actual, tras pasar algunos años dejando atrás el pasado. No desde la huida, sino desde la integración del aprendizaje y el desapego emocional. Es como si hoy no tuviera pensamientos recurrentes; Cuando limpias el dolor del pasado, ocurre un fenómeno curioso: la memoria histórica se queda, pero la memoria emocional se desactiva. casi no queda rastro de quién era antes de este personaje que encarno en el presente.

Ante esta sensación, me surgen dos hipótesis:

  • La primera es el "reseteo" o la ascensión: Es como si mi creador hubiera apretado un botón para reiniciar el sistema, justificando así estos diez años de intenso trabajo personal. Podría tratarse de un cambio de alma —e incluso de familia álmica— que viene con un propósito diferente, una especie de ascensión. Con esto no pretendo posicionarme como una maestra o una deidad; es simplemente una teoría, un sentir unido al silencio del presente. Es como si, por fin, mi alma pudiera ocupar todo el cuerpo sin el filtro del miedo.
  • La segunda es el viaje de la consciencia: Quizás mi consciencia viajó al pasado y me encuentro justo en el instante previo a mi primer trauma, mirando el mundo hoy con los ojos de la inocencia y, al mismo tiempo, con la sabiduría ya integrada.

Toda esta reflexión nace de un cuestionamiento recurrente: ¿por qué, cuando vuelvo a cruzarme en la calle con personas de mi pasado, siento que pertenecen a otra época que ya no tiene nada que ver conmigo? Es como esa escena de cine donde dos actores intentan matarse en la ficción, pero al salir del set vuelven a ser mejores amigos, o simplemente reconocen que ya terminó la película que les tocaba filmar juntos.

Al sanar, dejo de ver a las personas de mi historia como "enemigos" o amenazas, y empiezo a verlas como actores de reparto que cumplieron una función específica en mi guion de vida. Ya no hay deuda kármica, ya no hay dolor; la película terminó y hoy puedo mirarlos desde el vestíbulo del cine, con total neutralidad.

A veces, confieso que no sé cómo comportarme con las personas nuevas que llegan a mi vida. Me descubro con una mirada infantil, llena de curiosidad y de un entusiasmo limpio: "Oye, quiero más de esto, me gustó", o bien: "Uy, esto no me gusta, sigo a otra cosa". Es una posición que puede resultar incómoda por lo novedosa, pero al mismo tiempo es profundamente interesante. Es volver a operar desde la brújula del niño interior, pero con el discernimiento del adulto.

Sin embargo, mentiría si dijera que este proceso es idílico. A veces me da miedo y me siento suspendida entre dos mundos. Sostener esta mirada inocente en medio del caos actual me hace sentir que no encajo. Sé que no he completado esa "ascensión" física porque todavía me encuentro en un lugar frío, ruidoso y sin los medios materiales para mudarme a un entorno acorde con mi nueva energía. Es una paradoja dolorosa: experimentar la luz divina por dentro, mientras se vive en un "infierno" por fuera.

Pero hoy elijo comprender que la verdadera maestría no consiste en esperar a estar en un templo silencioso para brillar. Sostener la inocencia y proteger mi paz interna dentro del ruido es, quizás, el examen final. Mi interior ya se transformó; ahora solo es cuestión de tiempo para que mi realidad física se actualice y refleje este nuevo guion de vida. Mientras tanto, aprendo a caminar de nuevo, disfrutando de la película desde mi propio silencio.

Esta transformación y este "silencio en la mente" no ocurrieron por arte de magia. El verdadero botón de reinicio lo pulsé el día que terminé de escribir y publicar mi libro autobiográfico. Al plasmar mi pasado en esas páginas, fue como si el subconsciente entendiera que la historia ya estaba a salvo, permitiéndome por fin quedar libre de ella.

 

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