PALABRAS AL AIRE

 A veces quiero escribir y las palabras se me esconden. O se cambian. O se olvidan. Y lo que sale es una queja. Pero hoy quiero decirlo como me sale, a ver que pasa.

Sé que soy la creadora de mi realidad. Sé que las personas que llegan son espejo y enseñanza. Pero también sé que hay días en los que no me apetece mirarme, y eso también es sagrado. Porque cuando alguien te dice “mírate eso”, muchas veces es una exigencia disfrazada de ayuda. Te imponen, y viene a ser lo mismo que una orden. Y cada quien tiene su propio ritmo para reformarse. Es interesante porque tanto se dice: debemos respetarnos, debemos ser humildes, escuchar, respetemos los procesos del otro, pero cundo voy a hacer un comentario, o mi cara es de desconsuelo, porque estoy pasando por un momento delicado, enseguida vienen a cambiarlo, a opinar, a instruir. Y me pregunto: ¿no será que te molesta mi estado?, encima me llamas “negativa” y realmente es que tu no quieres verte reflejada en mí. ¿Pretendes ser salvadora cuando no eres capaz de verte a ti misma y cambiar tu metro cuadrado? Ojo, esto no quiere decir que tengas que escucharme. 

A veces pienso que los terapeutas existimos solo porque nos arrebataron la soberanía personal. Nos enseñaron a adorar a un Dios externo y a buscar validación fuera, creando una sociedad de esclavos emocionales con heridas de infravalor, baja autoestima. Nadie nos dijo que ya somos suficientes, que tenemos la capacidad de sanar por cuenta propia si tan solo recordáramos quiénes somos. Si cada uno fuera dueño de su propia luz, no viviríamos desde la carencia o el mercado de la espiritualidad, sino desde el equilibrio de compartir nuestros tesoros. Al final, el negocio del siglo es vendernos lo que siempre ha estado dentro de nosotros.

Y es verdad: hoy todo se vende. Hasta la espiritualidad. Antes nos llamaban “voladas”, ahora es el negocio del siglo. No me imagino a Jesús o a Buda haciendo reels para vender un retiro.

Desde niña escuchaba a conocidos incluso desconocidos, que me veían y hablaban sin parar. En esa época no comprendía porque era un imán para que las personas me contaran sus problemas, pero yo simplemente escuchaba, ellos se iban agradecidos, y yo me pasaba horas agotada. Con los años me di cuenta de que era lo que pasaba. A veces solo hace falta alguien al otro lado que solo escuche, y tu misma-o escucharte mientras hablas para comprender. Y es lo que hago, entre otras cosas y no es que quiera “ser terapeuta”, es que, si me lo pides, puedo entregarte reflexiones, prácticas, visión que a mí me resolvió en su momento, y puede ser una puerta para ti. Bajo mi punto de vista, vivimos en materia, y si vienes a mí, hacemos un intercambio. El dinero es la moneda de cambio elegida por la sociedad, y yo recibo por mi tiempo. Le doy mucho valor a mi tiempo, porque el día a día, no lo voy a recuperar, por otro lado, siendo realistas, la bondad no paga las facturas, he tardado años en verlo. 

En mis notas escribí algo que compartimos muchas: “No paro de hacer cosas para ser alguien, sin disfrutar de lo que ya tengo.” Nos enseñaron que, si no producimos, no valemos. Y cuando paramos, aparece la culpa. Pero estoy entendiendo que la abundancia no es un premio por agotarse, es un estado de consciencia y coherencia. 

También escribí: “Si me muestro y funciona, peligro.” "Si me muestro y no funciona, me siento invisible o rechazada" Ahí vi mi herida: la inseguridad, autoestima, merecimiento. Queremos lanzar proyectos, talleres, sueños… pero desde el miedo al rechazo. Pues ahí el resultado. Y ahora entiendo que el verdadero peligro no es que otros no vengan. El peligro es seguir escondiéndome por vergüenza, cansancio de insistir, miedo a repetir historias, y todo para protegerme de expectativas, y la preocupación de volver a sentir que doy mas de lo que recibo.

Sostenerme sola después de años de buscar “la mano de alguien” es una agonía, sí. Pero es una agonía de crecimiento. Es el músculo del coraje estirándose.

Y si hoy me siento estancada, con mil cosas en la cabeza, creyendo que no soy suficiente, quiero recordarme algo: Este caos no es señal de que voy mal. Es señal de que estoy rompiendo el cascarón.

No voy a esperar a estar “resuelta” para empezar. Sigo en proceso. La diferencia es que ahora no escondo mi sombra: la uso como abono para lo que estoy construyendo.

Universo, no te pido señales. Solo te digo que aquí estoy, haciendo lo que puedo, sin máscaras. Y eso, para mí, ya es un acto de valentía.


Comentarios

Entradas populares de este blog

DEL BLOQUEO AL PODER PROPIO

DIARIO DE UNA EXCLUIDA: EL VALOR DE ESTAR ROTA

NO HAY PEOR ABANDONO, QUE EL PROPIO.