DIARIO DE UNA EXCLUIDA: EL VALOR DE ESTAR ROTA

 


Durante mucho tiempo viví con la sensación de no encajar en ningún sitio. No importaba si era en el trabajo, con amigos o en la familia; siempre sentía que desentonaba. Mi respuesta fue intentar ser la "niña buena". Me esforcé por ser amable, por seguir las reglas y por correr en una dirección que no era la mía, solo para ver si así alguien me daba el visto bueno. Pero cuanto más corría hacia lo que los demás esperaban, más cansada me sentía. Era como intentar meter un pie en un zapato tres tallas más pequeño: duele, y encima no te deja caminar.

Hace poco, curioseando en mi carta astral, el gran descubrimiento. Si partimos de que todo en el universo es energía, es lógico pensar que los movimientos de los planetas tienen una impronta en nosotros. Y ahí fue cuando empecé a profundizar y fue como si alguien por fin me explicara por qué soy como soy. Lo más duro fue encontrarme con que toda mi vida he ido a contracorriente. Resulta que nacemos con unas tendencias, un diseño. Y el mío no era precisamente para quedarme callada.

Comprendí que esa "herida" que siempre sentí, ese vacío de no ser suficiente, es en realidad parte de mi diseño: La herida de Quirón. Al ponerle nombre a las cosas, todo cambió. Entendí que mi lado más rebelde e incómodo era Eris, y que mi necesidad de no someterme a lo establecido era mi Lilith reclamando su naturaleza salvaje. En ese momento, dejé de verme como un problema que había que arreglar o una pieza defectuosa del sistema. Empecé a aceptar a mis 'excluidos' internos: esa fuerza que ya no teme la discordia si es necesaria para que brille la verdad, y esa energía de Plutón que me otorga la capacidad de dejar que lo viejo se convierta en cenizas para que algo auténtico pueda nacer.

Me di cuenta de que he pasado años mendigando pertenencia en grupos donde no encajaba, permití críticas, y que las inseguridades de otros me bloquearan. Me creí todas esas barbaridades, creándome una película de que mi sonrisa, mis intuiciones o mi creatividad eran un error. Y todo esto por el miedo a asumir mi rol natural: el de líder. Pero no hablo de un liderazgo de masas, de esos que buscan seguidores o aplausos. Hablo de un liderazgo desde la sombra y la empatía; ser una guía para los que, como yo, se sienten 'los raros'. Para los que viven deprimidos por no encajar o se ocultan por vergüenza a sus propias luces y sombras. Mi propósito es estar ahí, en esa línea de fuego, para decirles que su rareza no es su condena, sino lo mejor que le pueden ofrecer a este mundo."

Vengo de raíces donde el talento era una moneda sin valor; donde todos tenían un arte increíble, pero terminaban tirándolo a la basura porque, según decían, 'eso no daba de comer'. Crecí rodeada de esa creencia: que la creatividad es un lujo que no podemos permitirnos. Y así nos va: terminamos regalando nuestro tiempo y nuestra vida a cambio de un sueldo, mientras enterramos esa energía sanadora que todos llevamos dentro, pero que nadie aprecia debido al velo del olvido; esa ceguera que nos impide ver, que lo que hacemos con el alma, también es necesario para el mundo.

Yo misma caí en esa trampa. Hago regalos con mis manos —manteles, dibujos, colgantes— piezas en las que pongo toda mi intención, y sin embargo, no les doy valor. Me veía a mí misma llorando porque no podía pagar con dinero físico, sintiéndome insuficiente, mientras entregaba mi esencia en cada creación. No era capaz de ver que mi presencia, mi tiempo y mi energía tienen un valor incalculable que no se mide en billetes. Estaba tan ocupada tratando de encajar en el sistema del 'esfuerzo y el sufrimiento' que me olvidé de que mi propia existencia ya es un regalo.

Sigo con el miedo a ser vista. Grabo vídeos para perder la vergüenza, he hecho curso de instructora,... trato de dar el salto de emprender sola, soy productiva, pero por alguna razón no hay feedback. Hay una parte de mí, muy cansada, que solo querría un trabajo administrativo, tranquilo, donde nadie me pida nada más que cumplir un horario. Esa parte entra en conflicto directo con la que quiere progresar en lo que ama. Por eso, cuando publico algo y nadie se apunta, me desmoralizo... y al mismo tiempo, una voz sutil suspira: 'Uf, menos mal'.

Ahí está mi verdadero conflicto: un pánico atroz a ser vista y rechazada. A veces digo que es mi Quirón el que me susurra, pero en realidad es mi instinto de supervivencia, esa parte de mí que prefiere el aislamiento antes que el juicio. Es el mecanismo que mi mente creó para mantenerme 'a salvo' del desprecio: si no me expongo, no me pueden herir. Lo conocido para mí es la carencia, esa idea grabada a fuego de que para recibir dinero hay que sufrir y trabajar hasta el agotamiento. Entonces, mi mente me 'protege' de ese sufrimiento impidiendo que avance, manteniéndome en un bloqueo donde, al menos, el dolor es familiar."

Hace poco vi una película que me desgarró: En algún lugar de la memoria. El protagonista, atrapado en un duelo insoportable, solo quería estar con personas que no le hablaran de su pasado ni de su dolor. Se refugiaba en una mentalidad infantil, casi de juego constante, porque era la única manera que tenía de sobrellevar la tragedia sin volverse loco. Al verlo, me sentí tan identificada que me hizo llorar.

En la película, todos a su alrededor querían forzarlo a 'sanar', a ser un adulto funcional, a 'superarlo' de una vez. Y así me siento cada vez que hablo con alguien. Pero en el juicio, una psicóloga dice algo que hasta yo grité, ¡joder, así es!!: ¿Por qué internarlo? ¿Por qué forzarlo? A lo mejor solo necesita tiempo y crear un nuevo camino a su propio ritmo. Sin presiones.

Esa frase fue un bálsamo para mi soledad y mi tristeza. A menudo me siento incomprendida, como si el mundo me exigiera una madurez que me asfixia. Hay días en los que solo quiero divertirme, existir sin la presión de los recibos o las facturas. Pero soy adulta, y llevo el corazón roto en mil pedazos porque durante décadas repudié mi esencia verdadera solo para mantener un rol socialmente aceptado.

Siento que mi etapa de alegría se cerró bruscamente a los 6 años, cuando sentí que no podía seguir bailando porque no había dinero para pagarlo. Ese desconsuelo, ese 'no hay para ti', me persigue todavía. Por eso, hay una parte de mí que se resiste a asumir las responsabilidades de la vida adulta: porque para esa niña, 'ser adulta' ha sido sinónimo de dolor, de renuncia y de olvido.

Dicen que en la herida de Quirón es donde se esconde nuestro mayor don. La mía, situada en Tauro y en la casa once, habla constantemente de ese miedo visceral a la inestabilidad económica y del rechazo a integrarse en los grupos. Me dice que la sanación está en cultivar un amor propio tan sólido que no dependa de la seguridad material. Pero seamos sinceros: la realidad es que las facturas siguen llegando, están ahí, y esa presión me está matando.

Sin embargo, hoy elijo algo distinto. Ya no quiero ser la 'niña buena' que cumple expectativas ajenas para que la quieran. Prefiero mis rarezas, prefiero mi verdad. He comprendido que quizá mi camino no consiste en sanar rápido para volverme productiva para el sistema, sino en aceptar que necesito tiempo. La tristeza que arrastro no es depresión, es el duelo pendiente por la bailarina de 6 años y por la adolescente de 16 que tuvo que aparcar sus sueños para ponerse a trabajar. No puedo pedirle a esa niña que se convierta en una empresaria exitosa y en una 'adulta responsable' de la noche a la mañana. Aun cuando todas mis edades ya están conforme, soy productiva, y adulta responsable, la de 6 y 16 aún están desconfiadas y merecen su tiempo.

He aprendido que, a veces, la mayor responsabilidad que podemos asumir no es montar una consulta ni salvar a nadie, sino tener el valor de decir: 'Hoy no puedo con el mundo, y no pasa nada'.

Esa energía masculina que sentía que me faltaba, ese impulso que buscaba fuera, a lo mejor no es para obligarme a trabajar más duro. A lo mejor, su verdadera función es poner un muro firme frente a los que me presionan y decirme a mí misma: 'Tranquila, yo me encargo de que estés a salvo y de que no falte nada mientras tú, por fin, bailas'.

Si tú también te sientes el 'raro', si sientes que no encajas, escucha bien: no estás haciendo nada mal. Quizá solo intentas habitar un molde que no es el tuyo. Una vez que dejas de pelear contra tu propia naturaleza, el camino se vuelve más claro. Puede que mi don no sea ser una guía perfecta que ya lo ha superado todo. Quizá mi don es mirarte a los ojos y decirte: 'Está bien estar roto. Está bien no querer crecer hoy. Está bien querer solo juga, y es en ese momento cuando te abrazas y nuevos caminos se abren a tus pies.

Rosanna Lucía – Si quieres contar tu historia, estoy aquí para leerte o escucharte.

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