🌿 Elegirme a mí.
Un día, siendo niña, vi cómo una mujer permitía que un hombre la menospreciara.
A esa edad no entiendes de juicios ni críticas… pero sí sientes. Y lo que
sentí, no me gustó.
Otro día, después de muchas risas y juegos con
mis primas —mis hermanas del alma, mi refugio—, me dijeron que ya no podía
estar con ellas. Que ahora tenían novios, y yo debía volver a casa.
Sin saberlo, ahí también se plantó una semilla: la de ser desplazada, la de no
ser prioridad.
Más adelante llegaron las relaciones amorosas…
cada una más dolorosa que la anterior.
Por alguna razón, siempre era el segundo plato.
Se repetía el patrón: hombres que miraban hacia afuera, que me elegían a
medias, que me hacían sentir invisible.
También amigas que me hacían creer que era importante, hasta que dejaba de
serlo. Trabajos donde nunca era suficiente, siempre había alguien
"mejor".
A donde fuera… no me elegían. Ni para bien, ni para mal.
Y un día me pregunté:
¿Qué hay en mí que atrae esto? Qué me está mostrando la vida… que yo no
quiero ver.
Entonces aparecen palabras como baja autoestima,
abandono, traición, vacío…
Y de pronto, un clic:
¡Claro! Cómo no lo había visto antes…
Jamás me elegí. Jamás me respeté.
Desde pequeña creí que “amar” era aguantar. Que una relación era algo que se sostenía,
aunque te humillaran. Que el primero que llegaba era "el que te
tocaba".
Aprendí a ponerme en segundo plano. A satisfacer. A callar. A desaparecer si
era necesario… para no quedarme sola.
Creí que, si era yo misma, no gustaba.
Así que me adapté. Me transformé para cada persona. Una máscara para cada
situación. Hacía lo que el otro quería. Pero nunca me preguntaba qué quería yo.
Y claro… si yo no me escogía, ¿cómo iba a hacerlo
alguien más?
Cuando creemos que nadie nos escoge, podemos
estar proyectando hacia afuera una carencia o un juicio que aún vive dentro de
nosotros.
Es fácil culpar a los demás, pero el verdadero camino empieza cuando tomamos
responsabilidad por nuestras emociones.
La Bioneuroemoción dice que atraemos a
personas que reflejan lo que llevamos dentro.
Cuando empiezas a sanar ese “nadie me escoge”, a verte de verdad, a valorarte
sin condiciones, comienzas a rodearte de personas que también te ven y te
valoran.
Porque solo cuando te eliges tú, los demás
pueden empezar a hacerlo también.
No eres invisible. No eres difícil de amar. Solo estás aprendiendo a
recordar quién eres, sin máscaras. Y cuando te lo creas... el mundo también lo
hará.
Comentarios
Publicar un comentario