EL REFLEJO DE LAS POLARIDADES

 

“Esta reflexión y las próximas forman parte del proyecto de mi libro en construcción. Gracias por acompañarme en este camino.”


La energía femenina y masculina en el ser humano.
A lo largo de mi camino personal y espiritual, he aprendido que no hay sanación profunda sin comprender —e integrar— las dos grandes fuerzas que nos habitan: la energía femenina y la energía masculina. No se trata de géneros ni de roles sociales. No se trata de ser mujer u hombre. Se trata de cómo se manifiestan en nosotros los principios esenciales de la existencia.
La energía femenina es el ser que siente, que percibe, que abraza lo invisible. Es la parte de nosotros que se entrega al misterio, que se abre a lo desconocido, que escucha sin necesidad de entender, que se rinde sin rendirse. El femenino es expansión, intuición, creatividad, ternura, sensibilidad. Es la flor que se abre y también la tierra que acoge.
La energía masculina, en cambio, es la presencia que contiene. Es el impulso claro que dirige, que estructura, que sostiene. Es la acción enfocada, la palabra que define, el límite que protege. El masculino no es opuesto al femenino: es su complemento. Es el árbol firme que cuida del viento. Es la montaña que da sentido al valle.
Durante siglos, estas energías han estado separadas dentro del ser humano. La sociedad ha exaltado el hacer por encima del ser. La razón sobre la intuición. La acción sobre la contemplación. El control sobre la entrega. Y en esa separación, hemos perdido nuestra armonía interior.
Cuando una mujer está polarizada en su energía femenina —sin el equilibrio del masculino— puede sentirse perdida, sin dirección, excesivamente emocional, desbordada, sin límites claros, esperando que otro la sostenga. Vive desde la intuición, pero sin fuerza para actuar. Ama, pero se olvida de sí misma.
Cuando una mujer se refugia solo en su energía masculina, se vuelve rígida, controladora, autoexigente. Deja de sentir para no quebrarse. Se desconecta de su cuerpo, de su intuición, de su ritmo. Se vuelve eficiente, pero pierde gozo. Lucha por todo, pero no se permite recibir.
El hombre, por su parte, cuando está encerrado en su masculino herido, reprime su emoción, teme mostrarse vulnerable, vive en la lógica y en la acción constante. Se siente responsable de todo, pero incapaz de abrirse de verdad. Tiene éxito, pero no paz. Controla, pero no siente.
Y si un hombre se queda atrapado solo en su femenino, sin dirección ni estructura, puede perderse en la sensibilidad sin sostén. Siente mucho, pero no actúa. Se vuelve evasivo, confuso, temeroso de su propio poder. No logra concretar ni sostener lo que desea.
Vivir desde el centro no es estar en la mitad. Es estar en el todo. Es ser capaces de movernos entre polaridades con libertad, sin miedo. Es saber cuándo hablar y cuándo callar. Cuando actuar y cuándo esperar. Cuando abrirnos y cuándo protegernos.
El equilibrio verdadero llega cuando el femenino y el masculino se reconocen dentro de nosotros. Cuando el sentir guía la acción. Cuando la presencia sostiene la emoción. Cuando la fuerza está al servicio del amor, y el amor no teme poner límites.


Cada uno de nosotros lleva dentro una energía femenina y otra masculina. Hombres y mujeres, todos tenemos ambos aspectos, aunque por historia, crianza o carácter, solemos desarrollar más uno que otro. Estas energías no se ven, pero se sienten. Operan a nivel profundo, energético, emocional.


Si observas a tu alrededor —ya tengas pareja o no— pregúntate:
¿Cómo te relacionas con las personas?
¿Hay acuerdos reales o constantes desacuerdos?
¿Hay armonía o alguien domina más que el otro?
¿Se sienten atascados, con decisiones que nunca se concretan, o con logros que llegan con gran esfuerzo y poca satisfacción?

Cuando rechazamos nuestro lado femenino —ya sea por heridas de esta vida o memorias de otras— el alma lo resiente. El dolor, la injusticia, la vergüenza, la humillación vividas o heredadas bloquean nuestra capacidad de recibir, de fluir, de crear con autenticidad.

Entonces, aunque tengamos proyectos claros, no se concretan como deseamos.
Y si llegan, no vibran con nuestra verdad.
Nuestra creación se vuelve débil, sin magnetismo, sin alma.
Caminamos arrastrando un peso invisible.
Nos sentimos desconectados, vacíos, sin entusiasmo por la vida.

Del mismo modo, cuando hemos rechazado nuestra energía masculina —por haber vivido o visto violencia, exigencia, frialdad, o simplemente por asociarla al “mal”— también perdemos parte de nuestro poder.

Nos cuesta actuar, tomar decisiones, perdemos el apetito de explorar, nos paraliza el miedo, la voluntad se disuelve, y sentimos impotencia: tenemos ideas, pero no fuerza para hacerlas realidad.

La sociedad ha contribuido a esa separación. Nos ha enseñado que debemos ser diferentes, que no somos iguales. Y es cierto: no somos iguales. Pero eso no significa que no tengamos el mismo valor.

No vinimos a ser idénticos, sino complementarios. Como las piezas de un rompecabezas: si fueran todas iguales, el juego no tendría sentido.

Cierra los ojos.
Imagina tu lado derecho: representa tu energía masculina.
Imagina tu lado izquierdo: representa tu energía femenina.

¿Cómo los ves?
¿Cómo los sientes?

Cuando tienes dolor físico o emocional, ¿en qué lado aparece?
¿Quién se queja de falta de atención?
¿Quién está pidiendo ser mirado?

Y si observas tu relación de pareja —si la tienes— pregúntate:
¿Hasta qué punto aceptas la parte de ti que esa persona refleja?

Si no tienes pareja, haz la misma reflexión:
¿Qué parte de ti no estás dispuesta a ver cerca?
Porque si la tuvieras, tal vez entrarías en conflicto.

Esto también ocurre cuando sentimos rechazo o atracción intensa por personas del mismo sexo. Muchas veces refleja una resistencia a integrar el otro polo interno.

En la medida en que negamos estas energías, nuestras vidas entran en caos.
Y no se trata de aguantar o “soportar” a nadie.
Se trata de mirar con honestidad y preguntarte:

“¿Esto que siento hacia el otro… qué me está mostrando de mí?”
“¿Qué parte de mí no he querido ver, abrazar, sanar?”

En mi caso, reconozco que he sentido mucho rechazo y rencor hacia lo masculino. No he permitido que se acerque a mí. He intentado hacerlo todo sola. Para mí, el hombre era una molestia, una carga.

¿El resultado?
Desgaste.
Vacío.
Pérdida de dirección.
Una vida construida desde el esfuerzo, la rabia y la desconfianza.

Ahora, al entrar en un camino de integración, muchas cosas están cayendo.
Personas, proyectos, estructuras… todo lo que no nació desde mi centro está cambiando o se está yendo.
Y está bien. Porque estoy volviendo a mí.  A la verdad de quien soy, completa.

La vida es perfecta. Siempre nos entrega lo que vibramos. El universo es como un gran menú: cada quien recibe lo que ha ordenado, aunque no lo recuerde.

Si vivimos en conflicto interno, si estamos dormidos, lo que elige por nosotros es el inconsciente.
Y el inconsciente siempre atraerá a nuestra vida la información que llevamos en el cuerpo, en nuestras memorias, en nuestro campo.

No se trata de rechazar eso. Se trata de reconocerlo, aceptarlo… y luego elegir de nuevo.

Porque solo desde la experiencia podemos decir:
“Esto ya lo viví. Lo honro, pero ya no lo elijo. Ahora, elijo diferente.”

Y ahí comienza la transformación. 

ROSANNA LUCÍA

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